Pautas para restaurar revestimientos símil piedra
Durante décadas las fachadas y ciertos interiores de muchas de las construcciones que se erigieron en Buenos Aires y en la región, fueron recubiertas con revoques aparentes que imitaban revestimientos naturales. Muchos estaban destinados a completar -en altura- los zócalos o basamentos en cuya terminación sí se empleaban rocas ornamentales (mármoles, granitos).
Ese revoque, conocido como símil piedra, cuyo uso con algunas variantes se ha extendido desde fines del Siglo XIX hasta nuestro días, ha tenido –y tiene- características tales que lo han convertido en un material significativo en la conformación de la imagen arquitectónica local.
En su composición están presentes, como aglomerantes, la cal y/o el cemento, con el agregado de arena -de diferente granulometría- y diversos minerales: mica, dolomita, calcita, etc.
Los colores característicos –ocres, marrones, grises, rosados y el blanco- se originan en las combinaciones y proporciones de sus componentes. El hecho de disponer de una paleta cromática, en cierta forma, acotada facilitó cierta integración de los conjuntos urbanos, aún cuando sus edificios tuvieran discordancia de época, tamaño, diseño y/o estilo.
Como recursos estéticos, al color se le sumaban la textura y el relieve.
La textura dependía, tanto de la granulometría de los agregados, como de la técnica y de las herramientas empleadas en la terminación del revoque, pudiendo resultar lisos (fratazados o planchados), peinados (con estrías de distintos espesores y profundidades), rayados, etc.
El volumen ayudaba a conformar los elementos decorativos propios del estilo arquitectónico elegido para la obra. Estos elementos podían ser, básicamente, de dos tipos. Los había de escaso relieve y considerable desarrollo longitudinal, como las buñas, molduras, cornisas, guadapolvos, etc., que se resolvían en la obra. En su ejecución se empleaban terrajas construidas con chapa de hierro en las que se recortaba el negativo de la forma buscada. Dichas chapas eran colocadas sobre soportes de madera que los mantenían formando un ángulo recto con relación al plano del paramento.
Los soportes, por su parte, se desplazaban sobre guías de madera (reglas) a medida que se iba cargando el revoque en sucesivas capas. El artesano pasaba una y otra vez la terraja, hasta completar el perfil del elemento. Luego procedía a terminar los encuentros a mano.
En cambio, cuando las decoraciones tenían formas complejas, volúmen considerable o relieves importantes, éstas se preparaban en taller. Entonces se partía de piezas originales, realizadas por los “maestros escultores” sobre los planos básicos del proyectista. La reproducción se hacía por vaciado a partir del moldeo de aquellos modelos. Estas piezas incluían siempre en su interior algunos elementos metálicos (barras, planchuelas, etc.), los que actuaban como refuerzo. Una vez terminadas eran transportadas a la obra y montadas empleando distintos sistemas de fijación: morteros, ganchos, pernos, etc., cuya elección dependía de la forma, el tamaño, la ubicación relativa, el peso y la relación con el sustrato de anclaje.
El hecho de que unos y otros elementos decorativos se construyeran de modos diferentes y en ámbitos con condiciones de trabajo tan distintos, como eran el taller y la obra, hizo que, en mucho casos, surgieran diferencias de color, textura y compacidad entre ellos.
Magadán, Marcelo L.: "Pautas para restaurar revestimientos símil piedra" Revista Color & Textura N°127 diciembre/enero 2017, pp 14-21. CEPRARA, Cámara de Empresarios Pintores y Restauraciones Afines de la República Argentina. Buenos Aires, 2017.Saltar al contenido del PDF